Tuesday, July 20, 2010

Cubren la siembra del eslabón

La necropolítica y la santería


Rafael Rivero Muñoz
Caracas 200710

“… Afoche para ‘salar’: tierra de cementerio de la tumba de un muerto… Hueso humano pulverizado, carapacho de cangrejo y pica pica…”
Lydia Cabrera; “Yemayá y ochún… kariocha, iyalorichas y olorichas”. Capítulo 10: Itaná, idi ochiche, velas, ligámenes y trabajos de santería; pág. 326.

Esto de la manipulación y del forjamiento de identidades sobre tumbas, cadáveres, osamentas o restos de ellas, legal o ilegalmente visitadas unas y extraídas de cementerios las otras o, también sirve, de un desconocido y abandonado cadáver en una cualquiera morgue en el país, no tiene nada de nuevo en Venezuela.

En este momento la novedad o lo chic, lo macabramente elegante en la connotación del término inglés, está en el expreso fin perseguido con el uso de esqueletos y del efecto colateral de la técnica de manipulación oficial u oficiosa de identidades de cadáveres, de osamentas y restos mortuorios.

Con la apertura del sarcófago donde reposan los restos de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios (1783–1830), tres determinantes claves o imperativos del complejo de actividades en curso se cubren, tanto para soportar con fuerza a futuro los detalles en algunos previstos resultados, como para consolidar en el presente los términos de otros tres necesarios, coincidentes y concomitantes objetivos político/mediáticos (http://www.youtube.com/watch?v=mNzFYyv8eYI&feature=related)

a. Sacar de titulares y silenciar el escándalo de los diez mil contenedores y los ciento cincuenta millones de kilos de alimentos podridos.
b. Articulación pretendidamente legítima para el acceso directo, oficial, registrado en imagen y sonido y públicamente difundido al sarcófago donde reposan esos restos del Libertador Simón Bolívar.
c. Preconstitución “técnica” o adocenada siembra de particulares elementos materiales destinado a una ulterior certificación.

“… Tu a mi no me jodes…”

Cuando Jaime Lusinchi (1984/89), aquel de esa estertórea frase, desesperado ya en la consistencia y continuidad del escándalo por la desaparición del menor de 13 años José Antonio “Macho” González, asunto que derivó de forma inevitable en otro más consistente y grave escándalo por otros desaparecidos y asesinatos en serie, entre otros “El Mocho” Urdaneta Perché y denominado en los titulares de los medios como Los Pozos de la Muerte en el Zulia.

En aquel momento, Jaime Lusinchi demandó inmediato auxilio al partido y la escogencia de un especial candidato de confianza y de absoluto y total sumisión; David Morales Bello, ante el pedimento presidencial, tomó la batuta.

Seleccionó y previamente aleccionado en su bufete envió de seguida a Miraflores al candidato. Ese quien luego sería ejecutivamente nombrado como juez para cumplir con la orden y misión presidencial transmitida de viva voz: Cerrar a toda costa y costo esas dos investigaciones y silenciar los medios.

De lo que se encargó en el ámbito de la jurisdicción, ese candidato seleccionado y recién nombrado, el juez Iván Rincón Urdaneta; el mismo actual Embajador de Venezuela en el Vaticano.

Las tareas paralelas del Ejecutivo, quedaron en manos de dos responsables. Una, la logística regional, en las del titular de la gobernación de Zulia Omar Barboza; la otra, las de instrumentación sobre el terreno de las operaciones de carácter policial nacional y regional, en las manos de Pedro Arturo Torres Agudo y sus especiales delegados o comisionados.

Dos soluciones

Uno: Para cerrar Los Pozos de la Muerte, se manipuló el expediente retirando del legajo toda referencia y testimonial comprometedor para jefes de policía, gobernadores, ministros y personajes de la política, mientras que sobre la escena del crimen, en el terreno, primero se pasó un tractor hasta tumbar el rancho y la pared donde los funcionarios –algunos a veces humanitariamente– fusilaban a sus víctimas antes de lanzarlas amarradas y de cabeza en el pozo.

Se extendió expresamente el arrastre sobre el terreno al paso del tractor, a más de cincuenta metros alrededor del rancho y expresamente hacia y hasta la vía de acceso de vehículos desde la carretera.

Al pozo o aljibe donde lanzaban de cabeza las víctimas y de donde aún no habían sido extraídos el total de cadáveres, por lo menos parte o más de la mitad de uno estaba en el fondo, se le vació concreto hasta el nivel de terreno y hasta sellarlo por completo.

Dos: En el caso del “Macho” González, se buscó –fuera en un cementerio o en una de las morgues controladas– y se seleccionó una osamenta de una aproximada edad y contextura parecida a la victima.

Luego, entre gallos y media noche, se trasladó la osamenta hacia un descampado previamente seleccionado, se abrió una zanja de metro y medio de profundidad y se depositó allí la osamenta habilitada, para luego incorporar en la improvisada fosa algunas piezas de tela y unos viejos zapatos parecidos a los que habían sido descritos por el denunciante como la vestimenta con la cual alguien vio al desaparecido por última vez vivo.

Luego, “confidencialmente” la noticia se cuela a los medios, montan una parafernalia informativa y apareció oficialmente frente a los medios, el cadáver del menos desaparecido Rafael Antonio “Macho” González: Caso cerrado, sin investigación, sin detenidos, sin condena.

Finalizaron los dos escándalos que perturbaban la tranquilidad de Jaime Lusinchi, aunque luego seguidamente emergerían otros más: La Manzopol, Roberto Di Pucci Ponti y Los DISIPresarios, por mencionar algunos.

Sorpresa y sospechas

La primera gran sorpresa que encuentra el ciudadano común no experto en antropología, tanatología o medicina con esto de la exhumación de los restos de Simón Bolívar, está precisamente en las crudas imágenes difundidas y que quedaron registradas por los medios de comunicación oficiales:

Una imagen de osamenta completa, perfectamente ordenada dentro del sarcófago y rodeado éste por ambos costados y codo con codo por varios personajes en escafandra de color blanco, todos supuestos técnicos.

La imagen de esqueleto distinguida claramente en el contraste con y sobre el fondo de la estampa expresamente publicitada.

Esos, oficialmente se informa, son los restos, lo que queda del cadáver de Simón Bolívar, quien como sabemos falleció el 17 de diciembre de 1830 víctima de la tuberculosis pulmonar y quien luego de una autopsia practicada por el mismo personaje paramédico que le atendió en los últimos días de su enfermedad, Alejandro Próspero Révérend, fue inhumado al pie del altar de San José en la nave derecha de la iglesia catedral de Santa Marta.

¿Una osamenta completa?

No se conoce, al menos no tenemos conocimiento y comentarista alguno ha hecho referencia expresa de ello, que se haya practicado en algún momento en o sobre el cadáver de Simón Bolívar procedimiento técnico alguno destinado a la conservación o a la momificación del cuerpo.

Por el contrario, afirman los estudiosos del asunto, para evitar cualquiera fuere la manipulación ulterior de la tumba, no se colocó en el momento de su inhumación, lápida sepulcral alguna que indicara a quién pertenecían los restos.

Más aún, en el año 1834 en la ocasión del terremoto ocurrido en Santa Marta, la tumba de Simón Bolívar se agrietó visiblemente y jamás fue reparada; luego, cuatro años después, en 1838, cedió el terreno por debajo y la tumba se hundió.

Comentan los conocedores que los enemigos de Simón Bolívar, a la vista de la tumba por entre las grietas, arrojaron escombros y tierra sobre el ataúd con la expresa voluntad de mancillar la fosa (Julio Barreiro Rivas).

Luego los restos serían inhumados para su traslado desde la catedral de Santa Marta en Colombia al Panteón Nacional en Caracas Venezuela.

Para esa misión fue comisionado el médico cirujano y científico José María Vargas; el 13 de diciembre de 1842 llegan los restos de Simón Bolívar a Caracas, diez días después, el 23, son trasladados de la iglesia San Francisco a la Catedral.

Hasta que Antonio Guzmán Blanco (27/03/1874) decreta y convierte a la reconstruida iglesia de la Santísima Trinidad, parroquia Altagracia Caracas, en el Panteón Nacional y trasladan allí definitivamente los restos de Simón Bolívar el 28/10/1876
En síntesis, de una fosa y dentro de ella un abandonado cadáver sujeto a todas las determinantes ambiéntales incidentes en no menos de sus diez primeros años de sepultura; luego a los avatares de otros 170 años de haber sido inhumado a su muerte y sin tratamiento alguno para su conservación.

Cadáver sometido a los regulares e inevitables procesos propios a la descomposición cadavérica y sujetos éstos a su vez, a las adversas y cambiantes condiciones de distintos ambientes y terrenos, a lo cual han de agregarse todas las manipulaciones para su traslado de un lugar a otro en ese lapso referido.

Yemayá y ochún, kariocha, iyalorichas y olorichas

No importan los argumentos esgrimidos, ya desde el “… 17 de diciembre de 2007, cuando se cumplían 177 años de la muerte de Bolívar, el presidente Hugo Chávez dijo, en el Panteón Nacional, que el Libertador no había muerto de tuberculosis sino que había sido envenenado…” (Milagros Socorro; El Nacional, 270708)

El asunto, interés y la orden de los paleros se trasluce: Tener acceso directo para ventilar a la luz los restos de Simón Bolívar.

No es posible conocer o percibir el tipo de ritual que determina u obliga a tal género de práctica seudo religiosa, de magia negra, roja o de otro color, ni que fin se pretende alcanzar con ello.

En todo caso, eso sería materia exclusiva de estudio, conocimiento y explicación para expertos en sincretismos, ritos y religiones de origen africano y hoy en el terreno de la praxis que nos ocupa: De paleros cubanos.

Pero bien pudiera ser que sucedan otras cosas bajo la cobertura de esas excesivamente bien publicitadas prácticas de magia negra, que se pretenda cubrir algo en los habilidosos juegos de mano de un experimentado crupier o del ensayado y depurado estilo de prestidigitadores ejecutados a la vez por una multitud o tropa de “técnicos”: Cubrir una “siembra”.

Mise en scène


Además de la necesidad de la investigación sobre el supuesto asesinato de Simón Bolívar, otras afirmaciones se viene colando y publicitando y entran de lleno en el juego.

Unas conocidas en la historia otras, dirigidas y sembradas expresiones de uno y otro interesado, entre ellas: El padre de Bolívar y sus juicios por el ejercicio y la práctica del derecho de pernada con las hijas de las esclavas; Simón Bolívar no nació en Caracas, nació por Barlovento; la Negra Matea; la supuesta descendencia en línea que alcanza hasta asesino, traidor y segundón Pedro Pérez Delgado alias “El Americano” o “Maisanta” (1881/1924) y su línea de descendientes.

Bien sirve a los efectos y sus derivados una siembra y un cadáver o esqueleto completo no resulta nada difícil de habilitar; basta para ello con una somera investigación sobre descendientes de Maisanta o de su hijo Ramón Márquez y la ubicación de la tumba de un lejano primo fallecido y enterrado en una u otra necrópolis en uno u otro pueblo cercano a Sabaneta de Barinas, el punto de asiento conocido de la estirpe.

Luego se hace necesario un elemento de comprobación y soporte “científico”, la comparación en los detalles técnicos de los restos, con otros restos conocidos y de indubitable vinculación con las muestras obtenidas en el sarcófago de Simón Bolívar: Una, su hermana María Antonia.

Para ello gestiones y la parafernalia de los permisos para el acceso a otro sarcófago y a los restos en el lugar donde se conoce está enterrada; lo demás, ya está ensayado, los procedimientos ya conocidos y suficientemente divulgados, en medio de los cuales se cuelan algunas simienzas.

Lo demás, en manos de los interesados en la siembra de la perpetuidad, es y será cuestión de habilidades para una simple acomodación y de la apropiada ubicación de las afirmaciones y de las piezas necesarias al objetivo perseguido y de ejecución continuada: Una definitiva prueba científica de comparación de muestras de ADN.

De una cadena a un eslabón encontrado

Un viejo decir popular ha señalado siempre las realidades sobre el asunto del entorno de un manda más: “… Más cómodo y rentable es ‘jalar bolas’ a la sombra que escardilla al sol…”.

En la historia política de casi doscientos años de la Venezuela escindida de la Gran Colombia, incentivados por los jala bolas, varios han sido los gobernantes empeñados en la perpetuidad, por crear vínculos de alguna especie, sea costumbre, conducta, obra o circunstancia, con el Libertador Simón Bolívar.

Con Antonio Guzmán Blanco (1870/77 y 1879/84) se hizo famosa aquella expresión en su entorno: “… Hasta en la malcriadez, la violencia en la conducta hacia todo lo que encuentra a su alcance, gritos y las groserías, se parece al Libertador…”.

Con Juan Vicente Gómez (1908/35), muerto días antes y ya cadáver, los jala bolas esperaron hasta el 17 de diciembre, la misma fecha oficial de muerte de el Libertador, para anunciar su muerte.

Con Hugo Rafael Chávez Frías (1999/??), de acuerdo a lo expuesto, se intenta reescribir la historia y de allí la dirigida recolección y el acaparamiento de todo documento o referencia física sobre el Libertador.

La labor es de expertos para la pretensión de fabricar ese vínculo ya no en mañas, costumbres o conductas sino mucho más científicamente elaborado.

Las cosas destinadas a la publicidad y consolidación del vínculo, parecen haber sido esta vez tomada en manos mucho más hábiles en las artes teatrales; por una especie de otros diplomados jala bolas de mucho más afinado y definitivo desempeño.

Conclusión


De ayer a hoy, bien lo analizaba aquel viejo sabueso nacido en el primer curso de la primera escuela venezolana de policía (1936), cuando luego, experimentado ya y bien curado de espanto, como profesor en la escuela de PTJ, su más repetida y constante expresión se hacia presente.

Una síntesis pragmática tanto para la óptica del enfoque en la observación de esas especializadas y elaboradas actividades delictivas, como para el tratamiento y la disciplinada conducta personal a adoptar frente a los sujetos que conforman ese espécimen de avezados delincuentes.

Sobre todo, cuando éstos, los avezados delincuentes, de alguna forma en el antes, el durante o el después del delito, gozaban y gozan de las ventajas comparativas de sus desarrolladas especialidades engranadas a los estrechos vínculos de los intereses crematísticos de individualidades y colectivos activos en las estructuras del poder político en ejercicio.

“… Paso lento, vista larga y mala intención…”, repetía hasta el cansancio el Comisario General Miguel Villavicencio Ayala.

Como queda histórica y suficientemente sustentado, la necropolítica y la santería si bien han sido y son prácticas conocidas en la historia criminal de Venezuela, en la situación que nos ocupa con esto de la descarada manipulación de los restos de Simón Bolívar, bien pudiésemos estar en presencia de un conjuntos de operaciones adelantadas por años, pero, destinadas a un solo propósito: Cubrir la siembra de un eslabón.

Esta vez, parece se trasforman en la práctica términos ampliamente conocidos como el del eslabón perdido y se materializará en poco tiempo, ya lo veremos, en el eslabón encontrado.

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